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Abr

Venecia, la obsesión del Nobel Joseph Brodsky

Palabra de Anna Ajmatova: “Italia es un sueño que vuelve durante el resto de tu vida”. Una impactante frase que también podríamos adjudicar al poeta ruso Joseph Brodsky, Premio Nobel de Literatura 1987 y uno de los escritores que mejor y con mayor sinceridad describió el rostro y el alma de Venecia. Adoraba la ciudad de los canales, hasta el punto de que pasaba largas temporadas en ella. Lo hizo durante 17 años consecutivos, sólo para deambular por sus calles de agua, para trabajar, para escribir, para traducir, para leer, para pasear… Y no sólo eso, sino que dejó dicho que sus restos mortales reposaran en el cementerio de San Michele de esta bellísima ciudad italiana. Y aquí están, después de un viaje sin vuelta desde Nueva York, bajo una losa de mármol blanco en la que los visitantes dejan sus lápices y bolígrafos y donde figura su nombre y los años por los que discurrió su vida, los que van de 1940 a 1996.

9788498411454_L38_04_lVenecia, la ciudad que no se parece a ninguna otra, la ciudad con raíces de agua, “la mayor obra de arte que ha producido nuestra especie” según sus palabras, no aparece descrita como el lector espera en su libro “Marca de agua”, editado por Siruela. Joseph Brodsky escribió 51 textos breves, casi meditaciones, en los que no hay itinerarios precisos sobre la ciudad, sino en los que gravita el espíritu veneciano y reflexiona sobre la relación entre el agua y la tierra, la luz y la oscuridad, el presente y el pasado, el deseo y su satisfacción, la vida y la muerte…

Siempre en invierno

Visitaba Venecia siempre en invierno, nunca en verano, porque detestaba la aglomeración de turistas, y por eso dejó escrito que “nunca vendría aquí en verano, ni aunque me apuntaran con una pistola. Tolero muy mal el calor, y las fuertes emisiones de hidrocarburos y sobacos aún peor. Las hordas en pantalón corto, especialmente cuando relinchan en alemán, también me atacan los nervios, entre otras cosas por la inferioridad de su anatomía -la de cualquiera- frente a la de las columnas, pilares y estatuas”.

4 Venecia

El Puente de los Suspiros es uno de los más célebres de la ciudad de Venecia.

Son, en realidad, estampas poéticas y sugerentes que se inyectan en la memoria y la experiencia del escritor, porque en ellas introduce recuerdos personales y los mezcla con hechos históricos que parecen desdibujarse con el agua que, como dice el propio Brodsky, “la golpea y la rompe en pedazos, aunque al final la recoja y la lleve consigo hasta depositarla, intacta, en el Adriático”.

Un neón de Cinzano

Considera Brodsky que la belleza está donde el ojo descansa y él nos va descubriendo con su mirada las oscuras siluetas de las cúpulas de iglesias y tejados, un puente que se arquea, el reflejo de un gran neón de Cinzano y nos deja balancearnos en un pequeño barco en la noche, como si fuera “el paso de un pensamiento coherente a través del subconsciente”. Y en los laterales, los oscuros palacios repletos de inimaginables tesoros, “oro con casi toda probabilidad y a juzgar por el tenue brillo amarillo eléctrico que emergía de vez en cuando de las ranuras de los portones”.

1 VeneciaHay que leer a Joseph Brodsky si se quiere amar Venecia. Es un retrato lento el que traza con su sensibilidad, un grabado único el que nos ofrece, un recorrido atípico por un espacio de agua que a veces le parece azul, otras gris o marrón, pero siempre fría y no apta para el consumo. Dice que las cúpulas de zinc del centro de Venecia le parecen teteras o tazas a las que se hubiera dado la vuelta.

Una ciudad que se hunde

El Nobel de Literatura nos cuenta que sólo durante el siglo XX, Venecia se ha hundido 23 centímetros y que el principal peligro parece residir en las grandes mareas del invierno, porque “el resto es obra de la industria del continente, de la agricultura que contamina la laguna con sus residuos químicos y del creciente deterioro que supone la obstrucción de los propios canales de la ciudad”.

2 Venecia

El Puente Rialto es el más antiguo de los cuatro que cruzan el Gran Canal.

Durante sus estancias periódicas en Venecia, Brodsky fue feliz e infeliz casi en la misma medida. Él mismo lo dice: “No importaba tanto cuál de las dos cosas, porque yo no venía aquí por motivos románticos , sino para trabajar, para terminar una obra, para traducir, para escribir un par de poemas, si tenía esa suerte; simplemente, para estar. Es decir, ni en viaje de novios ni por un divorcio. De manera que trabajaba. La felicidad o infelicidad, sencillamente, me acompañaban como asistentes”.

Septuagenarios en góndola

5 VeneciaY para acabar, vamos a descubrir qué es lo que nos cuenta de los típicos paseos en góndola: “Una de las cosas que los nativos no hacen nunca es pasear en góndola. Para empezar, es caro. Sólo los turistas extranjeros, y entre éstos los de clase acomodada, pueden permitírselo. Eso explica la edad media de los pasajeros de una góndola: un septuagenario puede desembolsar una décima parte del salario de un maestro sin pestañear. La visión de estos Romeos decrépitos y de sus destartaladas Julietas es invariablemente triste y embarazosa, por no decir terrible”. Ahí lo dejamos.

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